The skies they were ashen and sober;
The leaves they were crisped and sere --
The leaves they were withering and sere;
It was night in the lonesome October
Of my most immemorial year:
It was hard by the dim lake of Auber,
In the misty mid region of Weir: --
It was down by the dank tarn of Auber,
In the ghoul-haunted woodland of Weir
-Edgar Poe, Ulalume
Después de abandonar Francia, México era el único lugar para el doctor Le Dantec, pero no el México ruidoso, sobrepoblado, corrupto e indiferente. Si eso hubiera buscado, se habría quedado en París. Le Dantec quería naturaleza, calor, aislamiento, por ello pronto abandonó la Capital y se instaló en Chiapas. Construyó una casa en alguna región selvática, lo más lejos posible del bullicio de los zapatistas y de los engreídos antropólogos y sociólogos que juegan a la ciencia.
Era una casa sencilla, de un solo nivel, adecuada para continuar con su trabajo. Le Dantec era lo que llamaríamos un profesional Psi, especializado en los sueños y sus trastornos, pero siempre había coqueteado con la psicología experimental y el behavorismo norteamericanos, sectores en los que profundizó de modo tan evidente que ello le bastó para ser expulsado del Círculo Psicoanalítico Internacional.
Alrededor de su trabajo se habló de maltrato a los internos de una pensión de psicopatologías y del mal uso de las instalaciones del Círculo. Aunque no se le comprobó ninguna de las acusaciones que pesaban sobre él, sus colegas aseguraban que las manos de Le Dantec estaban teñidas de sangre imaginaria, simbólica y, aunque sólo se susurraba por los corredores a media luz, de sangre real. Y Le Dantec, pese a su experiencia, no consiguió evitar volverse algo paranoico, “saludablemente paranoico”, según su propia expresión, y comenzó a rehuir el contacto con sus colegas primero, y pronto de la mayoría de las personas. Comenzaba a creer que todos representaban una posible amenaza, esperando a arrebatarle lo que tenía, como lo hicieron primeramente con su trabajo. Pero en la selva estaría a salvo.
Al principio, salía muy poco, y no se alejaba de su casa, excepto para conseguir víveres, pero cuando se habituó a su aislamiento, comenzó a explorar los alrededores, y sus incursiones lo llevaban más lejos cada vez. Aquella ocasión ya era tarde para regresar, y decidió que acamparía, pero antes caminaría una hora más, y así lo habría hecho sin duda, de no ser por su descubrimiento, unos pocos minutos más tarde.
Entre la maleza, descubrió unos surcos, como un camino viejo y poco utilizado, camino que recorrió para llegar, poco después, a una ciudad a todas luces antiquísima, y no del todo derruida. “Una ciudad azteca”, pensó él, no muy docto en el tema. Había un templo y una pirámide pequeña, probablemente una tumba, y varias casas, todas ellas talladas directamente en la cantera. Parecía un buen lugar para acampar, y para explorar. Comenzó los preparativos para pasar la noche allí, y cuando la luz del día se extinguió, ya tenía un buen lecho y fuego.
El fuego producía sombras gigantescas y nebulosas sobre las paredes blancas de las casas, y sobre los escalones de la pirámide. El crepitar de la llama se mezclaba con el ulular del viento entre las hojas, viento que hacia media noche arreció de tal modo que el fuego de Le Dantec palideció y por poco se apaga.
Una especie de lamento estremeció al doctor; parecía el llanto de una mujer, que provenía de sus espaldas, del templo mismo. Atemorizado, tomó una de las maderas encendidas y se encaminó hacia el templo. Temblando de frío, se apresuró, sin dejar de notar el horrible color amarillo que adquirían las paredes al pasar cerda de ellas con la antorcha, ni el aroma a hierba putrefacta que despedían las casas. El lamento no se volvió a escuchar durante el recorrido del doctor, pero cuando llegó al templo, junto a una gran ráfaga de viento helado, se dejó escuchar nuevamente, pero mucho más elevado y violento que antes, sólo que esta vez el doctor no se estremeció, al darse cuenta de que era sólo el viento que penetraba los recovecos del lugar, haciendo eco en las añejas estructuras. Ya se alejaba, sin darse vuelta, sin poder apartar su vista de la entrada, como si temiera que el templo cobrara vida y lo atacara por la espalda como una fiera salvaje, cuando vio algo moverse dentro; era una sombra, alta y oscura, y se acercaba; pudo ver un par de luminosos ojos que lo miraban. Se quedó inmóvil, y aguardó a que la aparición se consumara: esperaba encontrarse frente al espectro de algún sacerdote mexicano antiguo, con su cuchillo de obsidiana, dispuesto a sacarle el corazón y ofrecerlo como sacrificio para que la noche terminara, idea con toda probabilidad adquirida de alguna de las revistas baratas que acostumbraba leer cuando residía en París, revistas cuyas historias le resultaban vergonzosas y ridículas, pero estando de pie ante una aparición del pasado antiguo estaba dispuesto a darles todo el crédito que les había negado. Bajó la antorcha y la acercó a su rostro por un momento antes de que ésta siguiera su camino hacia el suelo, sin apagarse. No necesitaba la antorcha para ver, la luna acababa de asomar de entre las nubes que habían sido arrancadas de su sueño ominoso por una corriente de viento que se dejaba sentir incluso allí abajo. Se preparó mentalmente para recibir la visita espectral, pero no estaba preparado en absoluto para lo que apareció en el portal del templo: una mujer de rasgos típicamente mexicanos antes de la conquista: morena, alta, esbelta, de ojos y cabellera negros, hermosa.
“Disculpe si no soy amable” le dijo ella, con una voz dulce y melódica, “no es común ver a nadie por estos lugares, y mucho menos a tan altas horas de la noche. Si no le molesta, me gustaría que me dijera quién es usted y qué hace en mis tierras”. Le Dantec no estaba seguro de si debía responder, presentarse o salir huyendo, y su desconcierto no le permitió tomar decisión ninguna al respecto, y sólo se quedó de pie en silencio, contemplando la maravilla que se levantaba orgullosa ante él.
“Señor, le estoy hablando, ¿no me entiende? ¿no habla usted español?”. Al fin reaccionó. “¡Oh! lo siento, no sabía que éstas eras sus tierras. Yo sólo... yo estaba explorando, encontré un camino y lo seguí hasta aquí; creí que era un lugar deshabitado”. “Lo era” respondió ella, “pero ya no es así”. Salió del portal por completo, y caminó hacia Le Dantec; vestía las ropas de cualquier persona de la ciudad, lo que tranquilizó a Le Dantec, quien esperaba ver a una nativa, con ropajes de telas exóticas y coloridas plumas de aves. Llevaba un cuaderno en la mano, con un bolígrafo atorado en su espiral. Al estar frente a él, le dio la mano, que éste estrechó, y le dijo “mi nombre es Ulalume, y no se preocupe, es que no es muy común que la gente de la ciudad venga por estos lugares”. Le Dantec se presentó, y le explicó que tenía una casa en la selva, y que había abandonado la vida de la ciudad, en busca de un lugar para sí mismo, donde no fuera molestado. “Entonces ambos nos parecemos mucho; los dos somos refugiados”. “¿Disculpe? No la comprendo”. “Yo también vine a este lugar para estar sola, alejada del mundo actual, y poder escribir sin interrupciones”, y le ofreció una sonrisa.
Siguieron conversando un tiempo, y Le Dantec supo que Ulalume era novelista y que había conocido esa ciudad en la infancia, cuando fue llevada allí por sus padres, oriundos de Chiapas, al educarla en la historia de su país, y en las raíces de su propia cultura, le confió que el recuerdo de ese lugar nunca se debilitó en su mente, y que fue el primer lugar en que pensó para estar sola. Ya llevaba allí casi dos años, y estaba por terminar su tercer libro desde que se mudara a su nueva casa, el templo.
Cuando el amanecer estaba próximo, Ulalume le ofreció el desayuno, y después de intercambiar algunas observaciones sobre la belleza del lugar, y un par de comentarios sobre sus respectivos trabajos, se despidieron, y Le Dantec volvió a su casa.
Durante varios días, le rondó por la cabeza la idea de volver con Ulalume. Había quedado impresionado por la exótica belleza y la aguda inteligencia que demostraba la mujer; no se parecía en nada a las ignorantes indias de los pasquines que compraba en el viejo París. Al fin, al sexto día, se decidió a regresar.
Preparó lo necesario y se adentró en la selva, siguiendo el camino memorizado y tantas veces ensayado en sus pensamientos. El día era brillante, con mucho sol y humedad, pero la tierra parecía enferma y estéril, las flores que hacía unos días resplandecían en colores magníficos, estaban marchitas; por primera vez notó que muchos de los árboles estaban secos y retorcidos, y que las alimañas invadían las plantas, matándolas rápidamente. Pensó en comprar insecticida, pero se burló de sí mismo ante tan absurda idea. Únicamente era el ingreso de Otoño, nada más.
Tras dar algunas vueltas por aquí y por allá, dio con el viejo camino de surcos que lo llevaría a la ciudad de Ulalume, y se apresuró, no sin quitarse una o dos garrapatas que se le habían prendido de la camisa, que llevaba desabotonada y arremangada, empapada de sudor y humedad. Por más silvestre que tratara de ser, no podía desprenderse de los viejos hábitos citadinos, y sólo usaba camisas de botones y bolsillo al pecho; no se pueden arrancar así de fácil las raíces de un viejo roble.
Cuando llegó, encontró a Ulalume colgando la ropa recién lavada en unas ramas. “Buen día, Ulalume”, saludó, y ella al verlo le sonrió en respuesta. Le dijo que esperara a que terminara con su ropa y que le invitaría la comida, que se calentaba en un horno de cal. Le Dantec miró el horno con desconfianza, pero Ulalume al advertir su mirada lo tranquilizó asegurándole entre risitas que no se trataba de un horno para sacrificios humanos ni nada parecido, sino donde se quemaban los inciensos en los rituales para el dios de la región.
Después de comer, Ulalume lo llevó al interior del templo y le mostró la estatua del dios mencionado, que aunque carecía de cabeza, mostraba un aspecto digno, a pesar de las extrañas membranas entre sus dedos, membranas que no se podía saber si habían sido esculpidas a propósito o por descuido. “Es un dios de los ríos o de los mares, a juzgar por las algas talladas en sus ropajes, lo que quizá explique las membranas, pero su nombre ha sido olvidado. Las inscripciones que puedes ver a sus pies están escritas en una lengua desconocida. No son códices mayas, aunque se parecen en algunos aspectos”. Le Dantec estaba fascinado por lo que Ulalume le contaba, pero más aún por escuchar la voz de esa increíble mujer. Y cuando más tarde leyó para él algunos de sus poemas y de sus relatos, el doctor quedó totalmente hechizado: la imaginación de la mujer era sin duda de una agudeza tan grande como su hermosura, los paisajes que describía, los mundos imaginarios que poblaban sus relatos, las imágenes fabulosas en sus poemas y los giros de los acontecimientos que relataban, eran algo totalmente nuevo para él. En las narraciones aparecían con mucha frecuencia referencias a espacios infinitos, inconmensurables, donde las leyes de la realidad eran diferentes, desconocidos mundos poblados de seres lumínicos, selvas carentes de fronteras, océanos insondables y habitados, músicas extrañas. Otros de sus textos, de poética belleza, carecían de línea argumental, y se consagraban exclusivamente a la confección de atmósferas. Cuando le dijo que recibía inspiración de sus sueños, la vena Psi de Le Dantec palpitó; trató de convencerla de que le relatara sus sueños, pero ella se negaba al decir que sería más fácil dibujarlos que ponerlos en palabras, y que si lo que quería era un relato, era mejor alguno de sus cuentos.
Aunque Le Dantec ya no insistió en ello, no pudo apartar de sus pensamientos la certeza de haber tropezado con un ser cuyos sueños trascendían el común de los sueños de todos sus pacientes durante su época de terapeuta y de experimentador.
Al salir del templo, Le Dantec no pudo evitar echar una mirada hacia el lado opuesto, donde se alcanzaba a ver, oculto entre la maleza, el cauce de un río, tan tranquilo que no producía ningún sonido al arrastrar sus aguas, salvo que uno prestara verdadera atención a él. Ulalume le señaló entre la maleza una especie de arcada de piedra y un puente que cruzaba el río; si la mujer no lo hubiera hecho evidente, Le Dantec en la vida lo habría descubierto. “No hay que cruzar ese puente, del otro lado es malo”, dijo ella, pero se negó a pronunciar otra palabra sobre el tema.
En el camino de regreso a su casa, el doctor Le Dantec no pudo evitar echar una mirada furtiva hacia el oculto río y sus todavía más ocultos puente y arco. Una ligera niebla, quizá producida por el agua y la espuma, cubría casi la totalidad de la estructura, ocultándola al simple observador. Faltaba mucho para anochecer, pero la tarde era fresca, así que Le Dantec se dio prisa en volver, para evitar cualquier sorpresa, como esa lluvia que se dejaba vislumbrar en los oscuros nubarrones que poco a poco iban asentándose en el cielo chiapaneco.
Pasó algo de tiempo, las visitas del doctor a casa de Ulalume se hicieron más frecuentes, y en ocasiones no volvía a su propia casa, comenzando a compartir no sólo la casa, y los alimentos, sino también el lecho de la novelista, hasta que al fin decidieron casarse. Pero se enfrentaron a un primer problema: dónde vivirían. Aunque no le resultó sencillo Le Dantec la convenció de que se mudara con él, pues era “más seguro” habitar en una “casa formal”. Aunque Ulalume aceptó, desde el principio comenzó a extrañar su templo, y ese estrecho contacto con la selva que había logrado en sus dos años de aislamiento. Y de ser alegre y vivaracha, pasó a un estado crónico de entristecida calma que se fue convirtiendo gradualmente en melancolía. No podía superar lo que ella sentía como un encierro, pero tampoco era capaz de salir de la casa.
Le Dantec resultó ser bastante más posesivo de lo que Ulalume suponía, y frases como “no salgas sola de la casa”, “ten cuidado con los extraños” y otras se volvieron moneda común en la vida de aquella mujer. Ulalume se consumía cada vez más en su propio dolor. No era capaz de enfrentarse a Le Dantec y exigirle su liberación, y cuando cayó enferma con fiebre y delirios, ya no le quedó ninguna duda de que su esposo la mantenía cautiva, encerrada bajo llave, prisionera en su casa. “Sólo soy uno de sus experimentos”, se dijo, y quebró en llanto.
Le Dantec trajo a un médico, al que todos en el poblado donde lo encontró llamaban sencillamente Gutiérrez, pero él poco podía hacer, salvo tratar de disminuir la fiebre, y sin embargo, no dejó de ir ante el lecho de la enferma cada dos o tres días. Le administraba algunos medicamentos para tranquilizarla y ayudarla a dormir, pero Ulalume se negaba a tomarlos. “Ya sé lo que se proponen” le gritó al galeno, “quieren drogarme para poder tomar el control de mí”.
Una noche, aseguraría al día siguiente cuando habló con el amable Gutiérrez, escuchó los ruidos de las cadenas que Le Dantec arrastraba para mantenerla segura dentro. Y en otra ocasión, escribió en su diario, fue puesta bajo custodia, “...guardada más que cuidada por dos hombres negros corpulentos, armados con lanzas y de siniestras sonrisas.” Pero lo más asombroso de todo fue el relato que posteriormente se encontró en el mismo diario, en el cual aseguraba que un hombre con rostro de pez la vigilaba desde la selva, observándola a través de la ventana. “...pero ese hombre pez no me vigila al servicio de mi marido” ponía, “sino que cuida de mi seguridad, y me indica que ya es el momento de regresar a mi hogar, en la ciudad sin nombre, donde una vez moró el guardián de...” Fue imposible para Le Dantec o para Gutiérrez descifrar la palabra que había escrito al final de la frase, el mejor intento les mostraba una palabra parecida a Cthutl, que les resultaba totalmente desconocida, probablemente una palabra del dialecto regional, “y similar al nahuatl”, aseguraba el médico.
Cuando Le Dantec regresó a casa después de la larga jornada de compra de víveres y otras cosas, acompañado de Gutiérrez, encontró la ventana de Ulalume abierta, pero ella no estaba por ninguna parte. No se preocupó mucho, incluso recogió el diario de su esposa que estaba sobre la cama, pero cuando se acercó a cerrar la ventana, alcanzó a verla corriendo rumbo a la selva, sin duda hacia la ciudad que había sido su casa. Por un momento, le pareció que no corría sola, sino que iba acompañada por alguien de apariencia imprecisa, pero una segunda mirada detenida le mostró que en realidad sí iba sola, que únicamente eran las sombras proyectadas por la luna.
Se apresuró a perseguirla. Gutiérrez fue tras él, pero no podía mantener el ritmo de Le Dantec, y quedó rezagado, aunque podía seguir el visible rastro dejado tanto por Ulalume como por el doctor.
Cuando Le Dantec llegó a la ciudad de Ulalume, la buscó en el templo, en las casas y en la pirámide, pero fue inútil. Desalentado, pensó en regresar un poco y revisar el rastro, pero entonces recordó el río con su puente y arco de piedra, y se apresuró a él. El agua del río corría veloz, algo inusitado, y la espuma se elevaba al azotar contra las rocas, produciendo un sonido terrible. Alcanzó el puente, y al mirar el arco, vio que en realidad eran dos, uno a cada lado de la corriente. Lentamente, se encaminó sobre el húmedo suelo de piedra, y con la mayor precaución, la mirada fija en el suelo, inició el cruce. Lanzó una vaga mirada hacia el agua, que parecía calma debajo de él, incluso pudo ver los peces nadando tan tranquilos en el agua cristalina “y de apariencia gélida”, añadió para sí mismo. Pero no había tiempo de ver a los peces, aunque pertenecían a una clase nunca antes vista por él: eran grandes como salmones, blancos y grises, con manchas negras como de vaca. Incluso parecían tener cuernos... “no, eso es imposible”.
Cuando alcanzó la otra orilla, hizo un macabro descubrimiento: la arena bajo la arcada estaba cubierta de sangre fresca, probablemente humana, probablemente la sangre de Ulalume. Preocupado de que hubiera sido atacada por algún animal salvaje, y recriminándose por no haber traído su rifle de cacería, observó con detenimiento el suelo, en busca del rastro de Ulalume. No estaba seguro, no había manera de estarlo, en la oscuridad ligeramente resplandeciente de luna, con la preocupación a cuestas y la poca experiencia en tales menesteres, pero tenía que decir pronto, seguir de frente, a la izquierda o a la derecha. Lleno de patética frustración, arrojó violentamente el diario de Ulalume contra una de las columnas del arco, para finalmente caer junto a la mancha sangrienta.
El grito fue totalmente inesperado; un grito totalmente inhumano, pero indudablemente de terror. Siguió la dirección por la que creyó escucharlo, y se adentró en la selva, más espesa de lo que nunca antes había conocido en la selva cercana a su casa. No importaba, era más importante recuperar a Ulalume, y devolverla a su habitación; quizá aún no fuera tarde.
Pronto, la selva se hizo más densa y la noche más oscura; lo sonidos de los animales nocturnos, aves aparentemente, se revolvían creando una cacofonía no libre de atractivo, y el roce de su cuerpo con la maleza, lo enervaba cada vez más; era un sonido apenas audible, irritante, que Le Dantec podía sentir como arañazos debajo de la piel.
Al llegar ante un árbol cuya altura era imposible de escrutar, se detuvo a recuperar el aliento. Escuchaba a los pájaros, que ahora parecían emitir sonidos como voces, como gemidos burlones, y se maldijo al darse cuenta de que podría estar persiguiendo a uno de esos animales en lugar de a su esposa.
Sin saber si seguir adelante o volver, la preocupación se fortalecía, y cuando le pareció ver unos ojos brillantes en la oscuridad, al frente, vigilándolo, su vieja paranoia parecía manifestarse. Se apresuró a salir de allí, en busca del río y de un nuevo rastro de Ulalume, pero tras dos horas de camino sin resultado, el terror lo invadió. Mirando hacia el cielo, le fue imposible distinguir nada, incluso los árboles parecían torres elevadas cuyas cimas eran invisibles de tan altas; y los ojos furtivos, en espera de que su víctima muriera, eran a cada instante más numerosos. El doctor Le Dantec corría sin un rumbo fijo, lleno de desesperación y miedo durante lo que le parecieron incontables días, aunque nunca pudo ver un solo rastro de irradiación solar, tan denso era el follaje arbóreo. Siguió en su desesperada carrera en esa perpetua selva, tan parecida a los relatos de su Ulalume que por momentos creía haber atravesado una ignota barrera que lo habría transportado a ese mundo de ensueños que ella describía en su literatura. Todo en esa selva en que se hallaba perdido parecía no tener fin, incluso el tiempo se le figuraba extrañamente flexible, como si la vida de los seres se extendiera y perdurara en ese cosmos más de lo que humanamente fuera concebible.
Tal estiramiento del tiempo le parecía una blasfemia, y comenzaba a intuir que los ojos que lo rodeaban pertenecían a seres infinitos, como espíritus extraviados, o psiques vagabundas en el universo.
Un día, muchos años después, así se lo figuraba él mismo, llegó a un claro en la selva; lleno de flores marchitas y tierra estéril, el claro era tan pequeño que su casi totalidad era ocupada por una oscura estatua de piedra, basalto probablemente, impregnada de enfermizos líquenes verduscos y amarillentos. Era el mismo ídolo que había visto tanto tiempo atrás en el templo de Ulalume. Un frío mortuorio surcó su espalda cuando vio las mismas membranas en sus dedos, y se estremeció casi al punto de la locura al ver la cabeza del ídolo: era como un pez, pero casi humano, recordándole al que anunciaba Ulalume en su diario, con la diferencia de que éste tenía unos pequeños cuernos sobre los ojos.
No los oyó a tiempo, y cuando los pasos estaban ya lo bastante cerca, Le Dantec supo que era el final. No quiso mirar. Se dejó caer, sabía que era la inevitable víctima de los adoradores de Cthutl, los hombres pez, y sabía que sus escamosas manos lo rodearían de un momento a otro, para arrebatarle la vida, como le arrebataron a su Ulalume; como antes le robaron su trabajo.
Una mano helada se posó sobre su hombro, desnudo ahora por las múltiples heridas de ramas, pero no era una mano húmeda, como esperaba, ni inhumana, sino una mano bien conocida, suave y en otra era amorosa, la mano de Ulalume. Hincado aún, levantó la vista, algo mojada ya, sin premura: allí estaba el reconocible cuerpo de la novelista, con sus ropas citadinas y modernas; se adivinaba su mínima cintura bajo su ajustaba blusa azul, sus pequeños y nutricios senos más arriba, su exquisito cuello de piel tostada, dorada como una joya, y sobre el cuello, ¡la cabeza de un monstruoso pez! Lo habían engañado, y se burlaban de él.
El amable Gutiérrez escuchó una carcajada gutural, terrible, no del todo inhumana, y siguió el origen del sonido.
Cruzó el puente lo más rápido que pudo, pasando sobre sus aguas cristalinas y tranquilas, y cuando llegó al otro lado, descubriendo un rastro de jirones de tela, de la camisa del doctor, su sorpresa no fue minúscula en absoluto cuando encontró los restos roídos de una osamenta humana, y fue mucho peor cuando, junto a los viejos huesos, halló un reguero de hojas de papel: el diario de Ulalume.




